La sorpresa sobreexpuesta




Con diez discos editados -dos de ellos junto a Billy Bragg y otro con The Minus 5-, un libro,
un festival curado por los mismos músicos de la banda y un flamante sello propio, Wilco es uno de esos grupos que han logrado trascender los límites de lo pensable dentro de la industria de la música independiente. No obstante, luego de una meseta artística producto de 17 años de carrera ininterrumpida, la banda sigue sumando desafíos y apuesta a una aventura consciente y despreocupada. Gracias a eso, The Whole Love logra transmitir una ambición musical intacta y encuentra a la banda en una nueva plenitud compositiva.

Parte importante de este diagnóstico surge después de escuchar la sorprendente “Art of almost”, pieza que inaugura The Whole Love de manera impecable. Con una atmósfera que mezcla referencias de la música negra -soul, dub, reggae- y de la electrónica inglesa de las últimas décadas, la canción sorprende dentro del ya amplio repertorio de Wilco. La utilización sincopada del bajo y la batería dan forma a un clima propio del trip-hop y el dubstep que nada tiene que ver con la historia anterior del grupo. Sin embargo, este es el terreno sobre el que Jeff Tweedy despliega la sutileza de su voz y logra un contraste que termina funcionando como un polo de atracción ineludible. Frente a lo esperable, lo ya conocido, Wilco asume el riesgo: abre su último disco con una canción compleja, hermética y que, como si fuera poco, concluye con una sección cargada de distorsión que exprime lo mejor del punk y el hard-rock en apenas un par de minutos. Punto y aparte.

Pero no. Nada de eso vuelve repetirse en el resto del álbum. De todas formas, y a pesar de mostrarse desde el inicio como un (aparente) gesto aislado, esa anómala primera pieza sirve para entender el lugar desde el que Wilco sigue haciendo música. Lo que subyace detrás de esa manifestación diferenciada es una forma de trabajar con los materiales que puede verse reflejada en cada rincón del disco. Todo vale y todo es factible; todo puede funcionar. De hecho, el primer single -“I might”- es, también, una sinfonía de colores propios de una sesión de grabación rica en matices y momentos azarosos. Al igual que en “Dawned on me” -con versos silbados y castañuelas- o en la shoegazer “Born alone”, la espontaneidad fluye desde el momento mismo del registro. Por eso, más allá de todo, lo que prevalece en la memoria es ese conjunto de detalles tímbricos que quedan sobreexpuestos y funcionan como pequeñas huellas de un proceso creativo desprejuiciado y divertido.

En este sentido, queda claro que el oído es la zona erógena que intentan estimular las canciones y los arreglos de The Whole Love. Cada sección y cada clima están atravesados por elementos sorpresivos que aparecen de la nada. Un extracto de sonido ambiente, la resonancia de un encordado de piano o ciertos fraseos -de guitarra, teclado, bajo…- que piden protagonismo pero desaparecen abruptamente, entre otros tantos llamados de atención constantes. Pero no se trata de agregados sin sentido; en verdad, esos elementos aportan un equilibrio necesario al método de composición de la banda. Con un repertorio basado igualmente en el folk-rock (“Whole love”), el country (“Black moon”), el music hall (“Capitol city”) y la psicodelia beatle (“Sunloathe”), las canciones firmadas por Tweedy se sostienen en yeites y modismos armónicos y melódicos que son fácilmente reconocibles. Por eso, resultan fundamentales esas pequeñas rupturas que juegan libres dentro de una atmósfera estable. Gracias a ellas, las estructuras rígidas de las canciones se resquebrajan y el lenguaje musical gana en riqueza, en expresividad y, sobre todo, en desconcierto.

El cierre del disco, protagonizado por la bellísima “One sunday morning”, resume perfectamente ese intento constante de subvertir las zonas seguras para dialogar con aquellos lugares comunes de la canción en sus distintos géneros. Con doce minutos de duración, su impacto es tan grande como el del comienzo del álbum. Sin embargo, esta vez la intensidad es otra. Surgida a partir de un motivo melódico que funciona como centro de un desarrollo circular, esta especie de balada folk intercala momentos en el que los instrumentos se alinean detrás de la historia contada por Tweedy junto con pequeños cortes que sirven como retorno a la melodía principal. Con varias repeticiones, esta lógica funciona como una especie de pregunta-respuesta que se va complejizando a medida que los arreglos ganan en presencia y se despliegan con mayor libertad alrededor de la voz. No obstante, hacia el final, la estructura de la canción empieza a enrarecerse lentamente y todo concluye con un extenso y asimétrico diálogo entre pequeños trazos instrumentales. Como si, de alguna manera, fuera posible concentrar el espíritu de todo el disco en una sola de sus piezas sin proponérselo.

Porque, en definitiva, lo particular de The Whole Love reside en su mirada relajada y experimental en partes iguales. Con una amplitud estilística y una trayectoria comparable a la de grupos como Radiohead o los Super Furry Animals, Wilco sigue dando luz a canciones que no son más que pequeños eventos multiformes en los que la escucha se convierte en un verdadero juego de búsqueda y sorpresa. De todas formas, no se trata de un disco más para la banda. Por el momento y la situación particular en la que fue concebido, The Whole Love irradia un aura particular que lo ubica en uno de los puntos más altos de la obra del grupo. Es, sencillamente, un álbum que logra seducir y atrapar gracias a su nivel de detalle y a una simplicidad intrínseca que reside en la forma misma en la que los propios intérpretes procesan y entienden la música que hacen. (Como un juego permanente.)

Juan Manuel Pairone

6 comentarios:

lü dijo...

La falta de prejuicios a la hora de jugar hace que sus canciones sean dosis de radiación que nos obligan a seguir jugando/escuchando sin importar el resultado.

Mientras tanto vos no dejes de escribir eh

pai dijo...

trato hecho nunca deshecho ;)

(y gracias por TUS palabras lü)

Santiago Segura dijo...

Qué bien que escribís.

Amo a Wilco pero a este disco todavía no le agarré la mano. Creo que tu texto me va a dar ganas de retomarlo y escucharlo con más paciencia.

Una consulta: ¿cuál, decís, fue la meseta de Wilco? Sky blue sky es un discazo y Wilco (the album) también está bárbaro!

Y no olvidéis otros proyectos paralelos a Wilco de sus integrantes, como 7 Worlds Collide -si no lo escuchaste hacelo ya- Loose Fur y The Autumn Defense.

Salud!

pai . dijo...

"Santiago", antes que nada gracias por tu apreciación, tu lectura y tu elogio. Además, me alegra generarte un poco las ganas de volver al disco.

Respecto a tu consulta, mencioné esa "meseta" en relación a lo posterior a Yankee Hotel Foxtrot. Al menos a mí me da la sensación de que ni Wilco ni la crítica ha podido superar ese álbum (cosa totalmente entendible tratándose de una obra maestra como esa). Si bien los discos que mencionás y A ghost is born son muy buenos, este es el primer disco en el que volví a sentir esa frescura nuevamente.

En cuanto a los otros proyectos que decís, no escuché ninguno así que me pongo a hacer los deberes jaja. Gracias nuevamente por darte una vuelta. Salud!

Santiago Segura dijo...

Sky blue sky creo que es mi favorito, incluso por encima de YHF o Summerteeth... cuestión de gustos.

7 Worlds Collide lo armó con Neil Finn de Crowded House y otros nenes más. Me enteré hace poco de su existencia, buscalos ya que no tiene despedicio.

Salud!

Santiago Segura dijo...

Ah, me llamo así posta! (No entre comillas).